martes, 15 de enero de 2013

Y NOS ESCAPAMOS


Ese día decidimos irnos de la casa. Yo ya estaba cansado de que el padrastro de Teresa se opusiera a nuestra relación. La última vez que había ido a la casa, él me había empezado a molestar diciéndome si yo trabajaba… que tenía poca cara de trabajador y qué sé yo. En ese momento a mí se me ocurrió decirle, siempre con respeto, porque yo soy muy respetuoso, que Teresa siempre había hablado muy bien de él, que yo no tenía nada que decir de él, pero que no quería que anduviera metiéndose en mi vida o en la de Teresa. Después me fui. Claro que él parece que después se arrepintió y me anduvo llamando, varias veces me mandó a llamar, hasta que fui y ahí me pidió disculpas, me dijo que no sé, que lo disculpara, que se había equivocado y qué sé yo.
Pero con Teresa ya hacía siete meses que andábamos de novios, yo la conocí un día esperando el bondi para ir a la escuela, estaba con mi tía y ella me la presentó. No sé por qué pero desde el primer momento que la vi, ella me pareció una chica muy buena, y la quise y la quiero un montón, más ahora que tengo un hijo con ella. Entonces fue que empezamos a hablar, ella me mandó una carta y yo le contesté, después nos vimos y ahí fue que le dije que la quería, pero que no pensara que era por un momento nada más, que si empezábamos algo no iba a ser por diversión nada más, que yo sentía algo por ella y lo que quería era empezar una relación. Y bueno, ahí fue que empezamos a ser novios, ella estuvo como tres días sin venir a la escuela porque los padres no querían que nos viéramos, después tuvo que abandonar porque su mamá quedó embarazada y la necesitaba en la casa.
Yo pienso que ellos no me querían porque conocían a mi familia, a mi viejo y pensaban que yo era como él. Como dicen: de tal palo, tal astilla. Y eso es lo que nunca le voy a perdonar a mi viejo, que yo vaya por mi barrio y todos piensen que soy igual que él.
Después que pasaron varios días nos encontramos de nuevo en la casilla donde se espera el cole, estábamos mi tía y yo y llegó Teresa, me abrazó y me dijo que no pasaba nada, que su papá, bah… su padrastro y su mamá querían hablar conmigo. Yo no quería saber nada, pero ella me convenció, así que fui. Y allí les dije, que yo a Teresa la quería mucho. Cuando me preguntaron qué pensaba hacer, les dije que primero estaba el estudio, como para empezar una conversación, nada más y entonces el padrastro me dijo que estaba bien si pensaba así.
Mi suegra, o sea la mamá de Teresa estaba embarazada y después perdió ese bebé, ya van como tres bebés que pierde, por eso ella no podía hacer nada en la casa. Así que yo iba y con mi señora –que era mi novia entonces-, le hacíamos todas las cosas, yo le cortaba leña y le prendía el calefón para que pudiera bañarse, barríamos, hacíamos todo porque mi suegro no estaba, estaba trabajando en el campo.
Así fue pasando el tiempo, pasaron más o menos tres meses y yo ya sabía lo que estaba pensando Teresa, pero ella un día se me acerca y me dice  que había soñado con un bebé y como que me da a entender que quería tener un bebé. Yo ya sabía y le dije que yo también quería tener un bebé, entonces hablamos de que no estábamos casados, pero que estábamos de novios. Nosotros no teníamos relaciones, tuvimos después que nos juntamos porque yo quería ir despacito. Ella me decía que iba a ser su primera vez y yo le dije entonces: ¡más te vale!, también le dije que tenía vergüenza y que no quería apurar las cosas. Mi suegra siempre me preguntaba ¿pasó algo, pasó algo?, siempre así, tratando de sacarme algo, pero yo siempre le decía no… su hija está intacta. Yo quería ir despacio, porque a Teresa la quiero mucho, ella para mí es un ángel. Yo con las mujeres soy respetuoso, el respeto es lo principal, la amabilidad. A mí no me gusta que pase una chica y gritarle cosas, o por ahí si hay una señora, cuando nos paramos en la esquina y hay una señora al lado, los pibes empiezan con groserías. A mí no me gusta eso, yo de esos pibes, lejito nomás, no me gusta eso, me gusta respetar y nada más. Y los pibes me dicen: ¿por qué no le gritás? ¡desacatate!, ¡sacá tu demonio! No, les digo, yo no soy así como ustedes.
Cuando volvió el padrastro de Teresa del campo, ya no seguí yendo todos los días a su casa, no sé por qué los padres se ponen así, será porque piensan que les quitan a la hija mujer, qué sé yo. Empecé a ir dos veces por semana. Fue en ese tiempo que Luisa habló conmigo, ella era una amiga que había conocido en la iglesia cuando yo iba para ayudar a mi viejo. No sé por qué, pero no le había querido contar nada de Teresa, entonces ella no sabía nada que estábamos saliendo. Parece que habían quedado todos los amigos de acuerdo y cuando llegamos a la casa de Luisa nos dejaron solos y ella empezó a decirme algo como que siempre me había querido y qué sé yo, que quería empezar una relación conmigo, no sé. Y yo le dije que no, entonces ella me preguntó por qué, que si acaso yo no estaba solo y ahí fue que le dije que no, que estaba de novio con Teresa. Ella se quedó muy mal, incluso ahora que se juntó y está embarazada me sigue diciendo cosas. En ese momento pensé ¿por qué no habré esperado? ¿qué hago ahora?, pero yo a mi señora la quiero un montón y no me arrepiento de haberme juntado con ella.
Habrán pasado siete meses desde que empezamos a salir cuando nos escapamos, nos fuimos al río los dos y ahí estuvimos juntos una semana más o menos, hasta que le dije que ya era demasiado quilombo, que volviéramos y habláramos con todos. Fueron los padres de ella a la casa de mi viejo y ahí les dije que bueno, que nosotros nos íbamos a juntar y que ya era la vida de nosotros y que nadie nos iba a interrumpir, que nos iba a decir cómo yo era, ni nada de eso. Así que ahí salió todo bien, estuvimos tres meses y bueno ya ahí, después de los tres meses que estuvimos juntos empezamos a buscar un bebé.

Yo siempre quise tener un hijo, pero no un hijo así para tenerlo y dejarlo abandonado sino un hijo para cuidarlo y acompañarlo toda su vida. Cuando él nació yo estaba en la iglesia, festejando el cumpleaños de quince de mi hermana. Llegó mi suegra, así, corriendo, muy emocionada y me dijo que había nacido mi hijo. Todos empezaron a felicitarme, yo estaba muy contento y quería salir corriendo para conocerlo pero no pude ir hasta el día siguiente porque estaba en el hospital de Neuquén y no tenía movilidad para ir. Cuando lo vi, no lo podía creer, todos en el hospital me felicitaban, lo sacaron de la incubadora y lo tuve un rato en los brazos, ese fue uno de los días más felices de mi vida. Cuando mi señora quedó embarazada, yo la acompañaba a los controles. A veces ella no se acordaba y yo le decía: acordate que tenés que ir al control de la nena, porque yo quería tener una nena, pero salió varón. Me acuerdo que cuando le dije a Luisa que quería que fuera nena, ella me dijo va a ser igual a mí. No, le dije yo, va a ser igual a mi señora. Luisa me dijo una vez que ella no iba a parar hasta tener algo conmigo, pero yo le dije que no, que yo ahora tenía señora y que la quería mucho, que la quiero mucho y más  ahora que tengo un hijo. También le dije que ella me gustaba, un poco para que se tranquilizara, y que yo por ahora no, pero por ahí, quién sabe, en la vida se volvían a juntar nuestros caminos. Un poco para hacerme la contra a mí, creo yo, ella se juntó al poco tiempo que nosotros estábamos juntos con Teresa, cuando le dije que estábamos buscando un bebé, ella me dijo que ellos también. Ahora está embarazada, el pibe con el que vive yo lo conozco, es re tranquilo, muy buen pibe.
Yo no quiero ser un padre como mi viejo, él me ha contado que si actúa así es porque él se crió solo, que sus hermanos lo echaron de la casa y que tuvo que vivir en la calle desde muy chico. Dice que sus hermanos lo habían echado de la casa y que el papá salió a buscarlo, cuando lo encontró él estaba jugando a la pelota en la calle y fue entonces que un auto lo atropelló al que sería mi abuelo. Él murió y mi viejo desde ese día vivió en la calle, todo esto pasó en Chile, no sé mucho de mi viejo, sí sé que estuvo en la cárcel como tres años, por afanar, creo. Será por todo eso que le pasó, que mi viejo nunca estuvo con nosotros, él siempre con su vino y nada más. Una vez él había llegado borracho a la casa y empezó a pegarle con el cinto a mi vieja, a veces también nos pegaba a nosotros cuando salíamos a defenderla. Ése día mi hermano mayor, el Seba, que ya tendría sus quince años, agarró un rifle que teníamos y lo amenazó, le dijo que si él llegaba a tocar a la vieja… No sé cómo hizo, pero lo encerró a mi viejo en la pieza y yo fui a llamar a la policía, cuando llegué al destacamento un policía me alzó en brazos y yo le conté lo que estaba pasando, también le dije que le iba a indicar dónde era mi casa. Fuimos y la policía se llevó a mi viejo, él se reía nomás, estaba tirado en el suelo y se reía. Cuando se lo iban llevando, lo único que pedía era que llevaran su vino, entonces mi hermano le dijo que qué clase de padre era, que se acordaba primero del vino antes que de sus hijos, que él se iba a olvidar de eso, pero sus hijos no.
Mis hermanos más chicos siempre sintieron eso de que mi viejo no se ocupara de ellos. Mi hermanita veía la tele y quería hacer todo lo que veía, debe haber sido por eso de que mi viejo nunca estaba en la casa, o si estaba, estaba en pedo. Un día ella se tiró del techo del galpón de la chacra, serían como tres metros de altura. Ella había visto súperman y entonces se puso una bolsa en el cuello y saltó para volar como súperman. Se rompió contra el suelo, con mi hermano la levantamos y la llevamos a la cama. Cuando ella se despertó se reía nomás. Mi vieja nos echó la culpa a nosotros de lo que le había pasado a mi hermana, por esas cosas que nunca le creen a uno.
Mi hermano, el mediano, ése vivía golpeado, siempre se caía y se golpeaba. Él usaba a los perros de la chacra como si fueran caballos, los montaba y se caía y entonces se golpeaba. Le gustaba ir a visitar a mi papá que estaba trabajando en la chacra, siempre se subía a la escalera hasta que un día se cayó y mi viejo lo único que hizo fue tirarlo en el sillón y decir: llevenló al médico. Esa vez vinieron los de acción social, abogados o no sé qué son, nos preguntaron de todo, que por qué se golpeaba tanto mi hermano, que qué era lo que pasaba… No sé por qué se golpeaba tanto, debe haber sido por mi viejo, porque él no estaba nunca. Un día casi se ahoga, se cayó a un sifón que usábamos en la chacra para tener agua, porque no teníamos agua corriente. No sé cuánto habrá estado ahí hasta que pasó un tractorista y lo sacó, casi se muere esa vez. Pero mi viejo es así, es como que nunca prestó atención a nada.
Por eso yo vivo con mi vieja ahora, ya le dije que a mí no me importa que ella no haya estado mucho tiempo conmigo por eso de la operación de mi hermana, pero que ella es mi vieja y mientras yo esté, que no me entere que el viejo le pone una mano encima. Por suerte, ahora todo ha cambiado, ya mi viejo no toma como antes, él siempre tiene su cajita de vino para el fin de semana, pero no como antes que tenía la heladera llena de vino, ya es todo distinto. Incluso ahora él me habla, me da consejos sobre cómo criar a mi hijo… pero él siempre ha sido así, como que no le da mucha importancia a las cosas.

EL MORIR


¿Cuándo fue que sucedió?, creo que Marco tenía como trece o catorce años. Fueron un día con Elías a visitarlo al hospital, en ese momento lo que más le preocupaba era hacer la estadía del amigo un poco más amena así que cuando él les dijo que tenía sed, enseguida pensó en la cerveza. ¡No, si no te dejan entrar con bebidas alcohólicas!, le señalaron enseguida. Pero bueno, ¿qué son las indicaciones médicas para un amigo que visita a otro amigo?, la latita de cerveza igual entró a la sala de internación, acovachada entre la ropa, disimulada ante la mirada de los extraños y los curiosos.

Marco no sabe muy bien de qué habían operado a su amigo, sí recuerda que ya venía de pasar varios trances semejantes a este, ya tenía como siete operaciones y esta parecía ser una más entre otras. Le contaron después algo sobre una operación abierta para que cicatrizara y una palabra complicada: negligencia, porque él estaba bien, pero algo pasó, un sendero que se interrumpe de repente, una huella que se pierde.


Fue también en aquella época que pasó lo de Hugo. Un accidente, se desnucó (o destungó, como queramos decir) al caer desde una piedra a la orilla del río. El Hugo, recuerda, era un amigo de la infancia, de la primera casa que conoció, allá cerca del estadio. A decir verdad era más amigo de Lucas, el hermano mayor, que de él, pero en la cuadra, en la calle, es difícil distinguir y decir vos estás con éste, yo estoy con aquel. La pelota, la caza de lagartijas en la barda eran el sabor de la infancia y cuando Marco se acuerda, dibuja una sonrisa en su cara y se deja llevar corriendo atrás de la pelota o arriba de la bici. Fueron los primos los que lo mataron, lo empujaron y cayó mal, no se murió ahogado, fue el golpe que se dio en la cabeza contra una de las piedras, ahí mismo, donde todos se estaban bañando. Capaz que fue la culpa o tal vez el miedo, pero ninguno dijo nada, cuando lo echaron de menos ya era tarde, aunque quizás ya era tarde en el momento mismo de caer. Eso fue después de una navidad, fue en esa navidad que tuvimos la desgracia de perderlo, recuerda Marco, tenía veintiún años y a mí me conocía desde chiquito, porque éramos vecinos.

Marco es el más chico de los hermanos y sabe, porque le han contado, que su existencia es algo así como producto de la casualidad o de la buena suerte. Su mamá no debía haber tenido más hijos, pero ahí estaba él, arrebatando el aliento, luchando en contra de una marea que le llenaba los pulmones, sujetándose para no perderse. Luisa, la mamá, dicen que estuvo a punto de dejarse llevar en la instancia del parto. A ella le había agarrado una hemorragia, cuenta Marco que le ha contado su papá, pero, bueno, se salvó ella, me salvé yo.

Salvarse o perderse, escaparse, sobrevivir al peso de la memoria, al dolor de la muerte, salir indemne, colgado de la risa, ese parece ser el trabajo de Marco.


domingo, 13 de enero de 2013

LA HISTORIA DE ÉL CONTADA POR MÍ (con algunas imprecisiones producto de la emoción o del desconocimiento)


Cuando nació ya había una nena revoloteando por la casa, tuvo la suerte o la desgracia de ser el segundón y ya sabemos que eso suele ser una bendición para los varones que pueden apelar por siempre jamás a sus derechos de benjamines indefensos.
Su papá trabajaba en el ferrocarril (eran otras épocas) y su mamá era ama de casa (seguían siendo otras épocas), ella era católica y él ateo reconocido, fue así que en esa casa no se conocieron ni la misa, ni la primera comunión o los pecados capitales con sus culpas concomitantes.  Por ser hijo de ferroviario tuvo algunos privilegios: viajar gratis en primera clase o en camarote, hacer dedo en la vía y que el tren pare para llevarlo y algunos otros que dejaremos atados a la imaginación. Desde chico fue parecido a su papá, sobre todo físicamente, desde grande quiso seguir siendo parecido a su papá, pero no particularmente en la apariencia, sino mejor en aquello que él disfrutaba: los placeres de  la cocina y el cultivo de las amistades entre otras debilidades. De su mamá heredó el cuidado de los otros y la complicada simplicidad de ir a las cosas.
Al crecer se le dio por la natación y así anduvo recorriendo andariveles diversos con variado éxito. Su mejor cosecha de esa época sigue siendo su espalda, formada a fuerza de crols, mariposas y pulmones. En buena hora, porque así consigue espantar los malos duendes que le susurran al oído sus defectos.
En la cronología se sucedería ahora su paso por la escuela técnica y luego por la universidad, todo esto cruzado por el amor y por la tragedia de la muerte de su padre por siempre joven. El amor creo que llegó con la universidad y continuó con el volver a casa y planear el futuro. Ella era lo que él había estado buscando, mucha energía y una gran necesidad de poner palabras a cosas que él ni siquiera sabía cómo nombrar. La familia se fue armando así, como con piezas que fueron encajando, como sonidos que fueron haciendo música. La metáfora viene bien porque en su vida el disfrute estético siempre ocupó un lugar importante: había que ver, había que sentir (pero no tanto), había que oír. Es por eso que durante un tiempo hizo teatro y también algo de cine y hasta ahora –y no hay indicios de que algo vaya a cambiar- la música le mueve las entrañas, sobre todo si se trata de jazz.
Tal como vamos en la historia no resultará extraño saber que su hijo eligió el cine como ocupación y su hija la música, aunque por supuesto a estas inclinaciones también está ligada la mamá: artista plástica, restauradora de muebles antiguos, tejedora artesanal.
Mientras tanto, y por ese afán de ir a las cosas, su vida también fue trabajar y construir y planear el futuro. Así fue que, sin que él supiera muy bien por qué, con el paso del tiempo algo o quizás muchas cosas fueron cambiando y la moneda cayó por el lado de la soledad. Y fue tanto lo que la amó que aún le sorprende no compartir su vida con ella.
Así era él cuando lo conocí.

jueves, 27 de diciembre de 2012

LLEGANDO...



Difícilmente podría asegurarse que volvería a amar, pero sus ojos le cautivaron y esa fue su perdición. Así como frívolamente, la vida iba escurriéndose entre las manos. Cuencos ávidos de nuevas sensaciones: paso apresurado, recodos generosos, levedad evaporada. Detenerse y sentir.Amargamente cotidiano el viento gemía su dolor de soledad, el amor no se encontraba en estos lugares desérticos; un haz de luz se colaba por entre las cortinas recordándole que el brillo suspiraba olores a nuevo, a recién bañado, a humedad de la cocina, a pequeños milagros, a jengibre, a miel, a pimienta. Un ruido ensordecedor y sofocado gemía en su interior, tanta cordura atrapada, tanto miedo, tantos pareceres apesadumbrados, tantos colores de risa y dientes apretados. Pero al fin y al cabo se dijo que no importaba, que la ansiedad sudaba amores inconclusos, los mismos  que en el apuro se habían quedado sin vivir; que el canto no alcanzaba a cubrir la súplica de tintineos de campanas y latidos alegres y pudo entonces ver y le dio miedo. Dicen que el vacío es así: tanta cercanía lejana, ¡ah! Pero si se pudiera, ¡quién no lo intentaría! Sería cosa de cerrar los ojos o al menos desenfocar la mirada y desenrollar los sueños. Un papel viejo sostenía letras ausentes, un sepia dorado florecía aún bajo la piel: ¡a vivir! ¡Pero cuánto miedo! ¡Y más miedo a tener miedo! Y más aún…Al tiempo le sobraba lugar y entonces se hizo rápido y breve a la vez, tantas palabras y tantos gemidos cabían en un instante. Una efímera ráfaga de gotas redondeadas pobló la tristeza y le demandó dolor, caligrafía para ser, presencias que bailotean como un péndulo desbocado. ¿Y si así fuera para siempre? ¿Y si nunca ya?  ¡Cuántas cosas para averiguar! ¡Cuánta piel para recorrer!¡Una mirada puede tanto! corre el espanto ahuyenta los decires, es cábala descubridora, olor a ternura, manto, telón y escenario. En tiempos suaves como roce de briznas atrevidas, el color se fue desplegando y la lluvia fue sólo caricia abandonada casi sin pensar, así era el amor. Sonido breve y aletargado, un remontar y un aleteo tristón a veces, picante otras tantas, sereno casi siempre, abandonado nunca.¿Y el dolor? Tal vez esté escapando. Así lentamente, mirando hacia otro rincón. Así, olvidándose.


LAS COLAS


Cuando entró al banco vio que había varias colas. Una era para gente común y otra para gente especial, había una para los mansos, otra para los resignados y otra para los iracundos. El público se alineaba perfectamente, todas las colas avanzaban lentamente, salvo la de los iracundos, porque todo el mundo sabe lo que puede pasar si se produce alguna demora en ella. Así que, más tarde o más temprano la fila de los iracundos iba quedando vacía y el cajero correspondiente tenía tiempo para tomarse un café o, incluso hasta comer alguna medialuna. Esto sucedía no sólo por la celeridad de los trámites, sino también porque los clientes iban, con el ejercicio de esperar un poquito cada vez, aunque no demasiado en general, moderando su carácter, aprendiendo paciencia, olvidando el enojo. Entonces pasaban a engrosar la fila de los resignados o de los mansos.
La de los mansos era una cola de la que podría decirse que era un poco aburrida, nada de qué hablar, salvo de las buenas obras del día anterior o de lo clemente, adecuado o esperable que resultaba el clima de la temporada. Estaba formada más que nada por mujeres mayores que habían aprendido a tiempo eso de encontrarle siempre el lado agradable a las cosas, no vaya y sea que una se amargue sin razón. Ellas llevaban a veces el tejido para amenizar la espera y, si la ocasión se prestaba, conversaban con la de adelante, se enseñaban puntos diversos, comentaban acerca de las ventajas de comprar en tal o cual supermercado o pasaban el tiempo nomás hablando de bueyes encontrados.
Pero estas no eran las colas que ella buscaba, alzó la mirada y la vio, identificable claramente por su forma de caracol y por el espíritu dicharachero que la animaba. En realidad se trataba de dos hileras, una de varones y otra de mujeres que se ubicaban una al lado de la otra y se iban envolviendo siguiendo una espiral imaginaria. Allí se reunían los que, teniendo o no la necesidad de ir a pagar o a cobrar algo, insistían en buscar un refugio para la soledad, alguien con quien conversar, un huesito para roer, un cuerpo para amar o, aunque más no fuera, si otra cosa no se podía o conseguía, alguien nomás. Una de las colas siempre era más corta, en épocas de escasez muy mal recordadas por las usuarias, se podían contar hasta tres mujeres por cada varón, esto siempre generaba malos entendidos, disputas y consecuencias negativas a largo plazo. Bien es sabido que los bienes aumentan de valor en forma proporcional a su carencia, entonces sucedía a menudo que la beneficiara, en el apuro, creía haber conseguido un diamante y tarde o temprano se daba cuenta que era sólo una imitación, y mala. Eso le pasó, por ejemplo, a Laurita. No es que ella anduviera demostrando una necesidad acuciante, más bien se diría que lo suyo era la espera cotidiana, el deseo de tener alguien con quien desayunar, un olor para reconocer, una textura que esperanzara al tacto. Pero igual fue, sobre todo porque Andrés le insistió tanto que se dijo: mejor voy, los dejo tranquilos a todos y después ya se verá… Y pasó que se vio, o mejor dicho que lo vio. Él era algo así como sencillo, si es que de alguien puede decirse que lo sea, pero la verdad es que no tenía nada que una pudiera decir bueno, este chico es de tal o cual manera, mirá cómo se destacan sus ojos o ¡qué bien habla! Nada de eso, parecía como de la huerta, natural nomás. Y eso fue lo que la cautivó y en el tiempo en el que ella cobraba un cheque y él pagaba la luz, arreglaron encontrarse más tarde, a la salida del trabajo. Las vecinas de cola miraban envidiosas y cuchicheaban entre ellas. Que ¡quién se cree ésta, viene por primera vez y sale con los brazos llenos! ¡Mirala vos, tan quedada que parecía! ¿Y él? ¿Vos lo habías visto antes? Mmmmm, sí; creo que viene los primeros viernes de cada mes, se llama Marcos.
Y fue así que se vieron una, dos, varias veces y ella encontró alguien con quien hablar, un olor para reconocer, pero no alguien con quien desayunar. Él insistía en que debía dormir en su casa, que su madre era obsesiva y anciana lo cual era muy mala combinación, que además estaba sola y que, en consecuencia el deber de hijo -¡qué antigüedad! Dijeron las amigas de Laurita- le obligaba a restar angustia a su madre, volver temprano, cenar en casa y todas esas cuestiones. Andando el tiempo y viendo que todo marchaba muy bien, ella le presentó a su padre, a su hermana y a sus amigas; él dijo que estaba preparando a su madre para llevar a Laurita a la casa. ¡La madre que lo trajo al mundo! Eso pensó ella cuando en la puerta de su casa se dibujó una figura femenina que insistía en ser la mujer –o algo así- de Marcos y encontrarse, por esos momentos, casi cayendo en la desesperación ya que, embarazada y con una hijita de tres años no sabía qué hacer primero, si irse con hija y embarazo o quedarse con hija, embarazo y marido infiel. Lágrimas aparte, a Marcos sólo lo vio una vez más, insistió él en que con su esposa no pasaba nada, contestó ella que se notaba eso en el embarazo de la misma, dijo él acerca de lo importante que consideraba a sus hijos, replicó ella que era evidente lo presentes que los tenía en su vida y sin más partió el príncipe convertido en sapo y quedó Laura, ni princesa ni nada, sólo ella. Y no regresó a la cola, dijo que eso eran puras fantasías.
De todas maneras no podría decirse que experiencias como las de Marcos y Laura fueran las únicas, o las más corrientes. El año pasado, sin ir muy atrás en el tiempo fue conocido por todos los clientes el caso de Mauro un divorciado sin muchas esperanzas que –pagando una cuenta por vez- hizo la cola varias veces en la semana hasta que conoció a Lidia…

LA ÑOÑI


Eran cerca de las dos de la tarde en ese calor de comienzos del verano. Calor que abrasa en la siesta cordobesa, que se instala en el asfalto, en las casas, en el ómnibus, en los cuerpos de los compañeros ocasionales de viaje. Está la nena que sube en Maipú y sigue viaje aún después de haber cruzado las vías, seguro que –por la ropa que lleva- va a gimnasia: pantalón azul y remerita blanca con el logo de la escuela católica esa que queda cerca de la plaza. Sentado al lado de ella viaja un empleado de la sección sueldos, entró el mes pasado, mira distraídamente a través de la ventanilla el paisaje conocido: ya pasaron el puente del río Suquía, el Parque Las Heras se asoma como un remanso sofocante en medio del ruido y el calor. Y después de ellos no conoce a nadie más, todos seres anónimos que se apretujan unos a otros en una situación que podría ser intolerable en otras circunstancias. Por lo menos la señora que está sentada al lado ha abierto la ventanilla y el aire húmedo entra sacudiendo la cortina desteñida por el sol, el pelo se crispa y hay que volver a acomodarlo, la frente sudorosa se resiste a los cuidados que le prodiga el pañuelo perfumado con  7 Brujas.
Un traqueteo más y hay que levantarse, permiso, permiso, permiso ... llega hasta el timbre y lo toca. Poca gente en la calle, es la hora de la siesta, el quiosquero de la esquina la saluda: ¿qué tal Ñoñi? ¿cómo anduvo el día hoy? ... como si hubiera una posibilidad de que fuera distinto. Cruza la calle y sigue hacia las vías, las veredas son anchas acá, baldosas acanaladas de color gris en algunas casas, beige en otras, pasa frente a la zapatería y se mira en la vidriera: el vestido le chinga de atrás, debe ser por tantas horas sentada en la oficina, el diámetro del talle debe tener que ver con eso también, o quizás con la edad, dicen que después de los cuarenta es difícil perder los centímetros ganados. Dobla en la esquina y ya está cerca de casa, la loca está en la puerta: ¡pobre! ¡esa sí que la pasa mal!, dicen que tiene un hijo casado, pero el desgraciado ni se acuerda de ella, seguro que cuando se muera van a caer como buitres buscando las cosas de valor que tiene escondidas, ¡ojalá no encuentren nada!
Llega y abre la puerta, Doña María está esperándola, por suerte la casa es fresca, entrando en el pasillo sombreado por la parra se pueden ver hacia la izquierda dos puertas, una que da al dormitorio y otra al comedor, caminando un poco más, justo al frente está la puerta de la cocina y un poco más allá está el baño. El piso del patio es de cemento, pero las plantas en macetas le dan una apariencia alegre y cuidada, los techos son altos, al igual que las puertas: antiguas obras de carpintería algo descascaradas pero que conservan la ventaja de la banderola que se abre para ventilar las habitaciones. Todo esto cubierto por el manto del tiempo: antiguas casas abandonadas por sus dueños originarios en manos de inmobiliarias impersonales y transformadas en inquilinatos donde se alojan varias familias.
-          La comida está sobre la mesa, la tapé con un plato para que no se enfríe ... y también por las moscas ...
-          ¡Pero mamá! ¿Por qué no se acostó un rato a la siesta? Mire que quedarse a esperarme... con el calor que hace...
-          No importa m’hija, usté sabe que a mí me gusta esperarla y conversar un poco.
Doña María se acomoda el pelo blanco mientras con la otra mano sacude distraídamente una pequeña pantalla de cartón buscando alivio para el calor. Desde el baño la Ñoñi le grita:
-          ¿Sabe que hoy  anunciaron que iba a hacer 37 grados?
Algunas gotas de agua caen al suelo desparejo, el espejo redondo colgado de un clavo en la pared le devuelve una imagen algo rechoncha, los ojos un poquito saltones a causa del bocio, el pelo oscuro recogido en el rodete. Se sonríe y piensa: hoy es jueves, a la noche viene Alfredo.
Mientras come, conversan sobre las novedades del día, que el padre de doña Elsa ha venido a la ciudad para hacerse operar, que el tren del norte hoy estuvo más de tres horas parado en la estación esperando el arreglo de la locomotora.
-          ¡Pobre gente! Con el calor que hace. Igual parece que no se dieran cuenta, las bolivianas andan todas tapadas con sus ropas colorinches y con los chicos a cuesta.
-          Es gente sufrida mamá, aguantan cualquier cosa...
La Ñoñi se siente afortunada, el trabajo en la municipalidad no es para nada pesado, el sueldo no será alto, pero alcanza para ellas dos. La vida es sencilla y agradable, sobre todo los domingos cuando sacan los sillones a la vereda, toman mate, charlan con las vecinas y miran pasar los trenes. Del otro lado de las vías se puede ver, por encima de las casas, el trampolín del club armenio, en las tardes de verano los chicos saltan de él una y otra vez. Un poco más acá, casi enfrente de la casa, está el lugar preferido de los crotos, allí se reúnen a compartir el botín del día: pan, algún resto de comida, un trozo de mortadela, una fruta. El fuego los congrega en una oración muda, el tiempo transcurre lentamente. Desde el tren los chicos saludan mirando a través de las ventanillas, sólo algunos adultos se animan a levantar tímidamente la mano en un ademán de adiós.  Baja la barrera y pasa el tren, los chicos juegan a contar los vagones sin equivocarse. La Ñoñi y doña María disfrutan del atardecer.
-          ¡M’hija! ¿se va a tirar un rato? ¡deje el plato que cuando me levante lo lavo!
-          Ya voy mamá, limpio un poco para que no se junten las moscas nomás...
Esta noche viene Alfredo, ella piensa en lo que le va a cocinar. Puede ser algo liviano, un arroz con verduritas, él siempre se queja de su mujer, dice que todo le sale muy picante, o muy grasoso. Pobre Alfredo, atado a esa mujer enferma..., esa bruja que cada vez lo retiene más y más tiempo hasta ahogarlo. Aunque si no fuera por los hijos, capaz que él podría... Pero no, mejor no pensar, esta noche viene Alfredo y ellos van a comer sentados a la mesa, tomados de la mano, tan juntos que con un plato les va a alcanzar, hablando bajo, como en secreto, sonriendo cómplices.
Mientras doña María inicia el sueño, la Ñoñi bebe su vino, el sabor fresco le recorre la garganta, alivia el calor, aleja la soledad.
Alguien golpea la puerta, la anciana se ha quedado dormida sentada bajo la parra y despierta sobresaltada, así la encuentra la vecina, sumida en el recuerdo de la hija, mirando hacia el horror de su presencia inexistente, recordando el espanto de su cuerpo moviéndose cual péndulo en el vano de la puerta.