miércoles, 2 de septiembre de 2020

Solterona

    Tantas fotos de casamientos y ninguno es el mío, pensó. En un par salgo de madrina, ¡qué cintura que tenía! No me acordaba de ese vestido, creo que compré la tela en lo Ubaldini, era un raso de seda muy elegante, le hice un trabajo todo de alforzas en el talle… ¡Hermoso me quedó!
    Ella había ido al dormitorio a buscar unos papeles de la casa que le había pedido su padre y ahí, prolijamente ordenadas en una caja forrada en tela estaban las fotos. Fue como que la llamaron y ella no pudo resistirse, ¡tantos recuerdos!
    Esta es la del casamiento de mi hermana, dijo para sus adentros acariciando la imagen. Ella es menor que yo, cuando se casó fui su madrina. Le hice el vestido también, ella no quería de color blanco, así que fue de un color salmón que le ayudé a elegir.
    Habían tenido que ir al pueblo a comprar la tela, la eligieron en el catálogo y días después ya estaba allí. Ella sabía coser, siempre decía que no era costurera sino sastre, su oficio lo había aprendido con don Armando, el sastre del pueblo. Tomar las medidas exactas, trazar las líneas perfectas en el papel de molde, extender la tela en la mesa grande del comedor, marcar y cortar las piezas. Rac, rac, rac, el ruido de la tijera mordiendo el género. El papel debía ir adherido a la tela y eso se lograba poniendo alfileres de cabeza todo alrededor y siguiendo las líneas. Los alfileres en la boca: la cabeza hacia adentro, porque si de un susto una se traga alguno, con suerte no se pincha la boca.
    El vestido había quedado precioso.
    Estaba también la foto del casamiento del primo Ernesto, ahí también había sido la madrina. ¿Cuántos años tendría en ese entonces? Veintiséis o veintiocho más o menos, una solterona se mire por donde se quiera.
    No es que ella no hubiese tenido novio o pretendientes como se decía en esa época. Los había tenido, uno en particular había sido más que un pretendiente. Se había animado a sacarla a bailar aquella vez en el pueblo. Como sin querer se fueron yendo hacia un lado de la pista oculto a la mirada de la madre y allí él le había rodeado la cintura y le había dicho que la quería, que quería ser su novio. Ella ya lo había mirado otras veces, nunca de frente ni descaradamente, pero si como para darse cuenta de que era un lindo joven, bien vestido, con su cabello arreglado y un traje de buen corte. Eso no podía ser dejado de lado por su mirada de sastre. Ahora, estando tan cerca, ya sabía que él también olía bien. Era un poco más alto que ella, aunque eso no quería decir mucho, ella no llegaba ni al metro sesenta, sólo que los tacos aguja engañaban un poco.
    La cuestión se complicó cuando su padre se enteró, ese no era un candidato digno, dijo algo de su oficio: no era más que un peón en el almacén del pueblo, no tenía ni dónde caerse muerto. Además, no era de las familias conocidas, quién sabe cuál sería su origen y su futuro, no era lo que él pretendía para su hija mayor.
    Las cosas siguieron más o menos como podía esperarse, hubo varios encuentros a escondidas, ella supo que él la quería, ella también lo quería, pero ¿qué hacer? ¿a dónde ir? En verdad él no tenía dónde caerse muerto y ella nunca había trabajado fuera del campo ordeñando vacas, pasando el arado y la rastra y en la casa, cocinando para la familia y para los peones o cosiendo cuando hacía falta.
    Él le dijo: vas a tener que elegir, yo me voy a la ciudad, te venís conmigo o lo nuestro termina aquí. Y ella no se animó, tal vez la vida le deparaba algo más tranquilo, capaz menos romántico, pero más feliz. Y se quedó.
    Tantos casamientos y ninguno es el mío, pensó ella y se conformó, como tantas veces. Era la solterona de la familia, esa que iba al cine todos los sábados, que dejaba sus tacones marcados en el recorrido por las calles de tierra, la que tenía un cofre lleno de aros, collares y anillos, diferentes colores y diseños para combinar con su ropa siempre de corte perfecto.
    Tenía a esa altura alrededor de 40 años, se peinaba una vez por semana en la peluquería, llevaba el pelo teñido color rubio oscuro y batido como estaba de moda. Para salir usaba maquillaje, labial rojo, delineador negro y rímel del mismo color. El toque final era un lunar encima del labio superior: se lo pintaba con lápiz negro, queda sensual, decía.
    Era una mujer independiente, tenía una pequeña tienda, manejaba bancos, cheques, facturas, compras e impuestos.
    La familia había vendido el campo y se había mudado al pueblo, ella se había quedado con los padres.
    Cuando iba a la ciudad a hacer compras para su tienda a veces solía encontrarse con su antiguo pretendiente, él estaba casado, tenía hijos. Ella miraba de cerca lo que había podido ser, quién sabe qué cruzaba por su pensamiento.
    Tantos casamientos y ninguno es el mío, se repitió.
    - ¡Licie! ¿Encontraste los papeles?
    - Si papá, ahora se los llevo.

viernes, 2 de septiembre de 2016

De shopping

Sucedió que un día la anciana fue a dar una vuelta por el shopping. Sus nietas le habían insistido mucho para que fuera: que ¡dale abuela! ¡no sabés la de gente que hay! ¡y se puede pasear y mirar vidrieras sin que te moleste el viento o te moje la lluvia!
Así que allá fue, se vistió decentemente, se pintó un poco los labios y recorrió a pie las cuadras que la separaban de aquel edificio tan imponente. Grande fue su admiración al entrar: distintos niveles y escaleras mecánicas para ir de uno a otro, muchas luces, mucha música, mucho movimiento.
Al cabo de un rato tuvo ganas de ir al baño, le indicaron amablemente dónde era y ella entró, un poco sorprendida y desorientada: muchas luces, cartelería minimalista, pocas puertas y varios recovecos. Todo fue bien hasta el momento de salir, se detuvo en lo que parecía ser la salida del servicio de mujeres y dudó, ¿era a la derecha o a la izquierda?, hacia un lado había un panel de vidrio y estampado en él, la imagen de color negro de un varón, hacia el frente un pasillo que más allá parecía girar hacia la izquierda, hacia el otro lado otro pasillo más corto y un poco más acá una puerta con una imagen en negro de una mujer y un niño. Muchas luces, se dijo, y ninguna indicación de hacia dónde ir.
Las nietas, cuando van al shopping, buscan siempre en el baño del segundo nivel, porque ahí les dijeron que entró la abuela y nunca más la vieron salir. Antes de salir le dejan una cartita con un plano para volver a casa y un paquetito con golosinas porque a ella le gustaban mucho los dulces.

miércoles, 27 de abril de 2016

Amnesia

Que yo recuerde, estuve muerta en tres oportunidades. La primera fue de casualidad, la segunda pura intención y la tercera solo está ahí.
De la primera sólo recuerdo el alegre sabor de un beso casi desabrido.
Morir de a poco fue la segunda, queriendo permanecer alegre e intacta, asumir que la cosa ya estaba jugada, no había vuelta atrás.
La tercera está esperando y es la que mejor recuerdo, porque sus detalles están grabados en mi frente, me miro al espejo y la veo. ¡Qué desgracia! tanto recuerdo anticipado...

jueves, 5 de marzo de 2015




Vi venir a la muerte y tuve miedo, pero no de la muerte sino de verla venir. Eso fue cuando andaba distraída por ahí, bebiendo vida con displicencia,casi con desgano; andando como siempre, entre una cosa y la otra. No me sorprendió verla, en realidad era casi como si hubiese estado buscándola, y eso fue lo extraño: encontrarla casi sin querer. Mirarla de reojo, desenfocar la vista a propósito, creerla ajena  y estar tan deshecha en partes como para ignorarla.
No fue, como he escuchado por ahí, que se me helara la sangre, no. Capaz que eso hubiera sido más sano, si es que algo así puede decirse en estas circunstancias. Pienso que al menos habría podido reaccionar con violencia o intentar defenderme. No, seguí como si tal cosa, pero muerta de miedo.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Y LA TIBIEZA


Ella tenía un temperamento invernal, pero no por lo fría sino por las persianas bajas y la penumbra liviana que deja el sol cuando anda lejos. A veces se desperezaba tranquilamente y miraba a través las pestañas: no, todavía estamos igual, qué pena ¡qué ganas de volver a cerrar los ojos!
Era como esos gusanitos que juntábamos cuando éramos chicos, trabajosamente construía su envoltura de hilos abrigados y esperaba. No sabía muy bien qué esperaba, sólo suponía que cuando llegara el momento se iba a dar cuenta. Una oscura tibieza le rondaba el alma y era como que daba un poco de miedo, pero no de ella, sino por ella. Mientras tanto, los que la veían pasar notaban siempre las delgadas hebras de seda que parecían suspendidas a su alrededor. A veces ella pensaba que no era de este mundo, qué miedo, qué congoja, cuántas manos hacen falta para sostener la fragilidad.
Podía sonreír con desgano y amar con tranquilidad dejándose llevar despaciosamente por el tiempo, que corría sin pedirle permiso. Un soplo de brisa le murmuraba al oído y ella pensaba que era una canción de cuna; un descanso de útero la llamaba, pero casi siempre ella hacía como que no le oía.
Al fin, que la primavera siempre llega y nos roza la piel y nos sacude brevemente y nos convence y nos vence. A ella también.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Sombra

Cuando era chica mi sombra siempre me acompañaba, allá donde yo iba, siempre estaba ella. Había un sendero desde mi casa hasta el almacén, bueno, no todo era sendero, una parte era calle de tierra y luego comenzaba un sendero angosto rodeado de gramilla y yuyos altos, eso hasta llegar a la calle de la despensa. Durante todo ese trayecto me acompañaba mi sombra, me sentía tan bien, que creía que éramos solo ella y yo. Hablábamos mucho, yo le contaba sobre mis cosas y ella siempre me escuchaba con atención, creo que éramos muy amigas, de esas inseparables. Sonrío al recordar que una vecina de esas que nunca faltan una vez nos sorprendió riéndonos y charlando, me asusté mucho porque no había oído llegar a la señora detrás de mí, tan concentrada estaba que no noté sus pisadas. Ella pasó apresuradamente a mi lado y apenas me saludó, ni siquiera se dio cuenta que yo no estaba sola, que mi sombra me acompañaba.
Me gustaba jugar a separarme de mi sombra, me quedaba quieta, quieta, quietita y luego saltaba de repente. Por un instante nuestras vidas dejaban de ser una y eran dos, cada una por su cuenta. Y eso era una alegría, porque sabía que la volvería a ver pegadita a mí, oscura y profunda a la luz del sol de noche, alegre y brillante en los juegos de la siesta.
Con los chicos jugábamos a pisarnos la sombra y cuando alguien la alcanzaba sentía como un dolor quieto, propio y a la vez ajeno, en el que la risa y el dolor se confundían, ella era como yo, medio flaca, medio desgarbada, no me gustaba que la rozaran ni siquiera en broma.
Hacia el atardecer mi sombra se estiraba y entonces yo soñaba con alcanzarla, tener piernas largas, brazos elegantes, un aire misterioso y una mirada profunda.
Cuando fuimos un poco más grandes, caminábamos siempre juntas por las veredas del pueblo, ella me ayudaba a corregir una incipiente joroba de adolescente estrenando pechos y yo me hacía la que no la veía, porque no era tiempo de andar haciendo cosas de niñas.

Creo que fue como a los quince o a los dieciocho que le perdí el rastro y no fue sino hasta ahora que comencé a preguntarme qué habrá sido de mi sombra. Tal vez estuvo ella ahí en los tiempos del amor, del dolor, del desamor, de los hijos, del trabajo pero la verdad es que nunca más la vi. Tal vez sepa que estoy aquí todavía. Tal vez.

martes, 11 de junio de 2013

SI ES POR DISCIPLINAR ...

          Gastón está cursando segundo grado, va con un año de retraso porque repitió primero y si una le pregunta qué fue lo que pasó, él responde que tenía sueño y que se dormía en las clases y que –además- no se preocupaba por hacer las tareas que le daban en la escuela. Es bastante menudo de talla así que no se aprecia a simple vista que sea un repitente, es uno más del grupo de segundo. Según cuenta, no sabe por qué razón pero siempre, tarde o temprano, termina involucrado en los problemas que se generan en el aula o en el patio, con sus compañeros.
En general, suele ser de buen trato y se lleva bien con el resto de los chicos, pero dice que hay dos: el Chelo y el Juan que constantemente lo están molestando, es como que lo han tomado “de punto” y así se lo ha dicho a la señorita. En realidad parece que ha intentado decírselo, pero –según nos cuenta- la maestra se hace la que no me escucha, yo le digo: seño, estos pibes me están molestando, pero ella mira para otro lado.
Si le preguntamos a la maestra del grado, ella nos confirma que realmente no sabe qué hacer con Gastón, que es un chico que tiene dificultades y que –a veces- se muestra agresivo, que no hace las tareas y que no observa las pautas de convivencia. Dice que ha llamado a la madre, pero que es difícil que ella se presente en la escuela para hablar de su hijo, del padre es mejor no hablar, Gastón dice que no tiene padre o que –si lo tiene- no lo conoce.
Hace unos días Gastón protagonizó un incidente grave: Juan lo acusa de haber intentado ahorcarlo con las manos, por lo menos eso fue lo que dijo cuando la directora le preguntó qué había pasado. Gastón dice que –cansado ya de las continuas bromas y molestias ocasionadas por Juan y por el Chelo- la emprendió contra ellos intentando defenderse y que Juan –que es asmático- se agitó demasiado al correr. Dice que él no lo ahorcó, dice también que la directora no le preguntó a él sobre lo sucedido. Cuando sucedieron los hechos, la maestra pidió la intervención de la directora quien, apelando a un acuerdo institucional establecido previamente, sancionó a Gastón con un día de suspensión debiendo regresar a la escuela con una nota escrita por él en la que pidiera disculpas a su compañero por lo sucedido.
Tanto la directora como la maestra opinan que es necesario poner límites a los llamados “malos comportamientos” de los chicos, ya que esa suele ser una enseñanza que no reciben en sus hogares y que afecta negativamente la convivencia dentro de la escuela.
Gastón cumplió su día de condena y volvió a la escuela con una nota de disculpa escrita por él de puño y letra ... y copiada con puntos y comas de una que le escribiera su hermana mayor para cumplir con esta obligación escolar.