Sucedió que un día la anciana fue a dar una vuelta por el shopping. Sus nietas le habían insistido mucho para que fuera: que ¡dale abuela! ¡no sabés la de gente que hay! ¡y se puede pasear y mirar vidrieras sin que te moleste el viento o te moje la lluvia!
Así que allá fue, se vistió decentemente, se pintó un poco los labios y recorrió a pie las cuadras que la separaban de aquel edificio tan imponente. Grande fue su admiración al entrar: distintos niveles y escaleras mecánicas para ir de uno a otro, muchas luces, mucha música, mucho movimiento.
Al cabo de un rato tuvo ganas de ir al baño, le indicaron amablemente dónde era y ella entró, un poco sorprendida y desorientada: muchas luces, cartelería minimalista, pocas puertas y varios recovecos. Todo fue bien hasta el momento de salir, se detuvo en lo que parecía ser la salida del servicio de mujeres y dudó, ¿era a la derecha o a la izquierda?, hacia un lado había un panel de vidrio y estampado en él, la imagen de color negro de un varón, hacia el frente un pasillo que más allá parecía girar hacia la izquierda, hacia el otro lado otro pasillo más corto y un poco más acá una puerta con una imagen en negro de una mujer y un niño. Muchas luces, se dijo, y ninguna indicación de hacia dónde ir.
Las nietas, cuando van al shopping, buscan siempre en el baño del segundo nivel, porque ahí les dijeron que entró la abuela y nunca más la vieron salir. Antes de salir le dejan una cartita con un plano para volver a casa y un paquetito con golosinas porque a ella le gustaban mucho los dulces.
viernes, 2 de septiembre de 2016
miércoles, 27 de abril de 2016
Amnesia
Que yo recuerde, estuve muerta en tres oportunidades. La primera fue de casualidad, la segunda pura intención y la tercera solo está ahí.
De la primera sólo recuerdo el alegre sabor de un beso casi desabrido.
Morir de a poco fue la segunda, queriendo permanecer alegre e intacta, asumir que la cosa ya estaba jugada, no había vuelta atrás.
La tercera está esperando y es la que mejor recuerdo, porque sus detalles están grabados en mi frente, me miro al espejo y la veo. ¡Qué desgracia! tanto recuerdo anticipado...
jueves, 5 de marzo de 2015

Vi venir a la muerte y tuve miedo, pero no de la muerte sino de verla venir. Eso fue cuando andaba distraída por ahí, bebiendo vida con displicencia,casi con desgano; andando como siempre, entre una cosa y la otra. No me sorprendió verla, en realidad era casi como si hubiese estado buscándola, y eso fue lo extraño: encontrarla casi sin querer. Mirarla de reojo, desenfocar la vista a propósito, creerla ajena y estar tan deshecha en partes como para ignorarla.
No fue, como he escuchado por ahí, que se me helara la sangre, no. Capaz que eso hubiera sido más sano, si es que algo así puede decirse en estas circunstancias. Pienso que al menos habría podido reaccionar con violencia o intentar defenderme. No, seguí como si tal cosa, pero muerta de miedo.
miércoles, 17 de diciembre de 2014
Y LA TIBIEZA
Ella tenía un temperamento invernal, pero no por lo fría sino por las persianas bajas y la penumbra liviana que deja el sol cuando anda lejos. A veces se desperezaba tranquilamente y miraba a través las pestañas: no, todavía estamos igual, qué pena ¡qué ganas de volver a cerrar los ojos!
Era como esos gusanitos que juntábamos cuando éramos chicos, trabajosamente construía su envoltura de hilos abrigados y esperaba. No sabía muy bien qué esperaba, sólo suponía que cuando llegara el momento se iba a dar cuenta. Una oscura tibieza le rondaba el alma y era como que daba un poco de miedo, pero no de ella, sino por ella. Mientras tanto, los que la veían pasar notaban siempre las delgadas hebras de seda que parecían suspendidas a su alrededor. A veces ella pensaba que no era de este mundo, qué miedo, qué congoja, cuántas manos hacen falta para sostener la fragilidad.
Podía sonreír con desgano y amar con tranquilidad dejándose llevar despaciosamente por el tiempo, que corría sin pedirle permiso. Un soplo de brisa le murmuraba al oído y ella pensaba que era una canción de cuna; un descanso de útero la llamaba, pero casi siempre ella hacía como que no le oía.
Al fin, que la primavera siempre llega y nos roza la piel y nos sacude brevemente y nos convence y nos vence. A ella también.
lunes, 9 de diciembre de 2013
Sombra
Cuando era chica mi sombra siempre me acompañaba, allá donde yo iba,
siempre estaba ella. Había un sendero desde mi casa hasta el almacén, bueno, no
todo era sendero, una parte era calle de tierra y luego comenzaba un sendero
angosto rodeado de gramilla y yuyos altos, eso hasta llegar a la calle de la
despensa. Durante todo ese trayecto me acompañaba mi sombra, me sentía tan
bien, que creía que éramos solo ella y yo. Hablábamos mucho, yo le contaba sobre
mis cosas y ella siempre me escuchaba con atención, creo que éramos muy amigas,
de esas inseparables. Sonrío al recordar que una vecina de esas que nunca
faltan una vez nos sorprendió riéndonos y charlando, me asusté mucho porque no
había oído llegar a la señora detrás de mí, tan concentrada estaba que no noté
sus pisadas. Ella pasó apresuradamente a mi lado y apenas me saludó, ni
siquiera se dio cuenta que yo no estaba sola, que mi sombra me acompañaba.
Me gustaba jugar a separarme de mi sombra, me quedaba quieta, quieta,
quietita y luego saltaba de repente. Por un instante nuestras vidas dejaban de
ser una y eran dos, cada una por su cuenta. Y eso era una alegría, porque sabía
que la volvería a ver pegadita a mí, oscura y profunda a la luz del sol de
noche, alegre y brillante en los juegos de la siesta.
Con los chicos jugábamos a pisarnos la sombra y cuando alguien la
alcanzaba sentía como un dolor quieto, propio y a la vez ajeno, en el que la
risa y el dolor se confundían, ella era como yo, medio flaca, medio desgarbada,
no me gustaba que la rozaran ni siquiera en broma.
Hacia el atardecer mi sombra se estiraba y entonces yo soñaba con
alcanzarla, tener piernas largas, brazos elegantes, un aire misterioso y una mirada
profunda.
Cuando fuimos un poco más grandes, caminábamos siempre juntas por las
veredas del pueblo, ella me ayudaba a corregir una incipiente joroba de
adolescente estrenando pechos y yo me hacía la que no la veía, porque no era
tiempo de andar haciendo cosas de niñas.
Creo que fue como a los quince o a los dieciocho que le perdí el
rastro y no fue sino hasta ahora que comencé a preguntarme qué habrá sido de mi
sombra. Tal vez estuvo ella ahí en los tiempos del amor, del dolor, del
desamor, de los hijos, del trabajo pero la verdad es que nunca más la vi. Tal vez
sepa que estoy aquí todavía. Tal vez.
martes, 11 de junio de 2013
SI ES POR DISCIPLINAR ...
Gastón está cursando segundo grado,
va con un año de retraso porque repitió primero y si una le pregunta qué fue lo
que pasó, él responde que tenía sueño y que se dormía en las clases y que
–además- no se preocupaba por hacer las tareas que le daban en la escuela. Es
bastante menudo de talla así que no se aprecia a simple vista que sea un repitente,
es uno más del grupo de segundo. Según cuenta, no sabe por qué razón pero
siempre, tarde o temprano, termina involucrado en los problemas que se generan
en el aula o en el patio, con sus compañeros.
En general, suele ser de buen trato
y se lleva bien con el resto de los chicos, pero dice que hay dos: el Chelo y
el Juan que constantemente lo están molestando, es como que lo han tomado “de
punto” y así se lo ha dicho a la señorita. En realidad parece que ha intentado
decírselo, pero –según nos cuenta- la maestra se hace la que no me escucha, yo le digo: seño, estos pibes me están
molestando, pero ella mira para otro lado.
Si le preguntamos a la maestra del
grado, ella nos confirma que realmente no sabe qué hacer con Gastón, que es un
chico que tiene dificultades y que –a veces- se muestra agresivo, que no hace
las tareas y que no observa las pautas de convivencia. Dice que ha llamado a la
madre, pero que es difícil que ella se presente en la escuela para hablar de su
hijo, del padre es mejor no hablar, Gastón dice que no tiene padre o que –si lo
tiene- no lo conoce.
Hace unos días Gastón protagonizó un
incidente grave: Juan lo acusa de haber intentado ahorcarlo con las manos, por
lo menos eso fue lo que dijo cuando la directora le preguntó qué había pasado.
Gastón dice que –cansado ya de las continuas bromas y molestias ocasionadas por
Juan y por el Chelo- la emprendió contra ellos intentando defenderse y que Juan
–que es asmático- se agitó demasiado al correr. Dice que él no lo ahorcó, dice
también que la directora no le preguntó a él sobre lo sucedido. Cuando
sucedieron los hechos, la maestra pidió la intervención de la directora quien,
apelando a un acuerdo institucional establecido previamente, sancionó a Gastón
con un día de suspensión debiendo regresar a la escuela con una nota escrita
por él en la que pidiera disculpas a su compañero por lo sucedido.
Tanto la directora como la maestra opinan
que es necesario poner límites a los llamados “malos comportamientos” de los
chicos, ya que esa suele ser una enseñanza que no reciben en sus hogares y que
afecta negativamente la convivencia dentro de la escuela.
Gastón cumplió su día de condena y volvió a la escuela con una
nota de disculpa escrita por él de puño y letra ... y copiada con puntos y
comas de una que le escribiera su hermana mayor para cumplir con esta
obligación escolar.
miércoles, 29 de mayo de 2013
TIERRA
Entraron en el despacho de la
oficina de tierras de la municipalidad. Eran tres, el señor y la señora de
mediana edad y el niño de más o menos cuatro años. Todos estaban muy
abrigados porque hacía frío, ella usaba pollera larga, medias y un saco de color
marrón, él llevaba gorra y una campera azul.
En la oficina hacía un poco de
calor por la calefacción, él sacó un número y se dispusieron a esperar que los
atendieran. Dos empleadas sentadas atrás del mostrador iban llamando por
número, cuando les tocó el turno él se acercó y se sentó en una silla frente a
la empleada, ella y el niño se ubicaron parados uno a cada lado de él.
- Vengo por las medidas del lote, acá dice (le
muestra un papel)… y yo lo medí, son doce por treinta… y acá dice…
- Acá dice 432, son 432 metros el total de la
superficie, de lado a lado – mueve la mano derecha y le indica con el dedo
índice como señalando los lados de una figura geométrica
- Pero yo lo medí… son 12 por 30. Algunos lotes
miden 14, otros…
- Sí, claro, depende del lote que tomaron, algunos
tomaron con una medida, otros con otra
- Sí, pero yo lo medí son 12 por 30 y acá me están
cobrando…
- ¿Y con qué lo midió? – pregunta la empleada
- Con la cinta
- Bueno, mis compañeros no trabajan con la cinta,
las medidas son así, ellos usan instrumentos de topografía, esas son las
medidas, 432 metros cuadrados en total
Se hace una
pausa en la conversación, parece que el hombre se ha convencido, pero
nuevamente muestra el papel que tiene en la mano y dice:
- Acá dice que la titular es ella- señala a la
mujer que continúa de pie a su lado- y yo figuro como suplente…
- Bueno, aparecen los dos como titulares – dice la
empleada y mira a la mujer que continúa en silencio
- Lo que pasa es que no estamos casados –dice el
hombre- somos concubinos nomás, y el que va a pagar el lote soy yo…
- Pero usted la declaró como pareja, no importa
que no estén casados ¿tienen hijos en común? – dice mirando al niño y haciendo
gestos de aseveración
- Sí – contesta él- pero yo sé lo que tengo –mira a
la mujer- y después puede haber problemas y ella me dice andate y se queda con
todo. Así son las cosas… y el que va a pagar soy yo
La mujer
mostraba tímidamente una sonrisa desdentada sin decir ni una palabra.
La empleada
llama entonces a otra persona que parecía ser alguien que en la oficina tenía
otra autoridad
- Miriam, vení por favor. Mirá, este señor dice
que quiere que su nombre aparezca primero –le señala el papel que continúa en
manos de él
- Ah, no, yo no le voy a cambiar el orden, es lo
mismo, son cotitulares. ¿Son casados ustedes?
Y ahí él
insiste: que no, que no somos casados, concubinos nomás, que yo soy el que
paga, que yo sé lo que tengo, que el lote tiene que estar a mi nombre…
Todos en la
oficina, otras empleadas y también algunos vecinos y vecinas escuchan el
intercambio. La señora se anima a decir:
- Yo le dije- y sonríe
- Ustedes son cotitulares, el lote va a quedar a
nombre de los dos. Si usted quiere – dice Miriam dirigiéndose al señor- cuando
pague las cuotas puede pedir que le den un recibo a su nombre
- Ah, yo puedo… -dice él
- Pero el lote está a nombre de los dos –afirma
Miriam
La señora
insiste:
- Yo le dije- y sonríe
La empleada los mira y no dice
nada. Él guarda los papeles en una carpeta, se levanta de la silla y los tres
se van de la oficina. Empleadas y vecinos intercambian miradas. Miriam dice:
- Sin palabras…
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